- Segregación sectorial: Las mujeres en ALC están desproporcionadamente concentradas en sectores de servicios informales y mal remunerados –como el comercio minorista, la hotelería y el trabajo doméstico– que son particularmente vulnerables a la delincuencia y las perturbaciones económicas. Cuando aumenta la violencia, estos sectores suelen ser los primeros en contraerse, lo que deja a las mujeres sin trabajo o hacia empleos aún más precarios.
- Miedo a la victimización y bienestar mental: El miedo a la victimización y el estrés que la acompaña también alteran las decisiones sobre el trabajo. Las mujeres tienen más probabilidades que los hombres de responder a la inseguridad reduciendo las horas de trabajo o abandonando la fuerza laboral por completo, especialmente si trabajan por cuenta propia o de manera informal. Esto a menudo conduce a una reasignación de tiempo del empleo remunerado al trabajo doméstico y de cuidados no remunerado, lo que reduce la autonomía económica de las mujeres.
- Limitaciones de movilidad: Las preocupaciones sobre la seguridad personal y el acoso limitan el uso del transporte público, los viajes nocturnos y los desplazamientos a trabajos distantes por parte de las mujeres. Menos rutas viables y seguras se traducen en menos empleos accesibles, lo que refuerza la segregación ocupacional y limita el potencial de ingresos.
- Violencia de pareja: Un clima más amplio de violencia se asocia con mayores riesgos de violencia de pareja, con profundas consecuencias económicas. La violencia de género socava la capacidad de las mujeres para permanecer empleadas debido al ausentismo, la reducción de la productividad, la salida del empleo y consecuencias duraderas para la salud mental. Incluso cuando la violencia ocurre en el hogar y no en el lugar de trabajo, debilita la autonomía económica de las mujeres.
- Poder de negociación dentro del hogar: Estas presiones repercuten dentro de los hogares. A medida que aumenta la inseguridad y disminuyen los ingresos de las mujeres, su influencia sobre las decisiones laborales, el gasto y la asignación del tiempo a menudo disminuye. Un poder de negociación debilitado crea círculos de retroalimentación que restringen aún más la participación de las mujeres en el mercado laboral.
- Acumulación de capital humano: La violencia también afecta los resultados económicos futuros al alterar la educación. Las preocupaciones por la seguridad, el desplazamiento, las responsabilidades de cuidado y las normas sociales restrictivas pueden perturbar la escolarización y el desarrollo de habilidades de las niñas. Estos primeros reveses se traducen en resultados más débiles en el mercado laboral más adelante en la vida, lo que refuerza la desigualdad intergeneracional.
Un ciclo que se refuerza entre violencia y oportunidades
La relación entre el crimen y los resultados económicos va en ambas direcciones. Las limitadas oportunidades en el mercado laboral (especialmente para los hombres jóvenes) pueden contribuir a la violencia. A su vez, el aumento de la violencia reduce la participación de las mujeres en el trabajo remunerado, aumenta la carga de cuidados no remunerados y debilita la estabilidad del hogar. Sin una intervención específica, los países corren el riesgo de quedar atrapados en un círculo vicioso en el que la inseguridad socava las oportunidades económicas y las débiles perspectivas económicas sustentan las condiciones para que continúe la violencia.
Las leyes y las instituciones importan
Romper este ciclo requiere algo más que estrategias generales de reducción de la delincuencia. Los marcos legales e institucionales determinan cómo la violencia se traduce en resultados económicos para las mujeres. La evidencia del Banco Mundial Mujeres, empresas y derecho El informe destaca que los países con altos niveles de violencia a menudo carecen de protecciones legales integrales relacionadas con la violencia de género, los derechos laborales, el cuidado infantil y el derecho de familia (Figura 2). Incluso cuando existen leyes, su débil aplicación, presupuestos limitados y brechas institucionales frecuentemente impiden que las mujeres ejerzan sus derechos en la práctica.
En entornos con alta criminalidad, estas debilidades amplifican la vulnerabilidad, lo que dificulta que las mujeres permanezcan en el trabajo, hagan la transición a empleos más seguros o desarrollen resiliencia económica.






